Crónica de 1956 | Presentación en sociedad: “¡Bárbaro Rivas, para servir a Dios y a usted!”

En Petare, en 1956, se organizó la primera exposición de arte ingenuo de Venezuela

Texto de: Francisco Da Antonio. Catálogo de la exposición “Bárbaro Rivas en imágenes históricas”, Fundamos, Centro Histórico de Petare, 2011.

Cuando Bárbaro Rivas traspuso la puerta en los altos del “Bar Sorpresa” y vio los cuadros en el salón exclamó sorprendido “¡Que cuadros más bonitos, maestro!”… “Esos son tus cuadros”, le dije. “¿Mis cuadros…?” Y acercándose a ellos agregó: “¡Caramba; si hasta le pusieron sus marquitos…!”… Eso fue en la tarde del 23 de febrero de 1956 en la apertura de cuanto registraría la crónica como la primera exposición de arte ingenuo celebrada en Venezuela. “¿Por qué usted eligió un botiquín para hacer una exposición de pintura?” me interrogó un respetable periodista y mi única respuesta válida y cierta fue “porque no tuve otro lugar donde hacerla”. Esta es una historia que he contado unas cuantas veces y que ahora, a la distancia de medio siglo, me complace sintetizar en honor de quienes conmigo participaron en la saga del “Bar Sorpresa”.

Todo comenzó unos dos años antes, cuando el maestro Manuel Cabré me recomendó que presentara públicamente a Bárbaro Rivas a fin de desmentir falsos rumores. Atento a sus generosas observaciones, tomé la decisión de reunir un grupo de obras de pintores petareños, todos desconocidos por entonces del gran público y que dadas las circunstancias me dispuse a exhibirlas en Petare a fin de que los especialistas y demás interesados capitalinos vinieran a constatar in-situ, la presencia de un pintor cuya existencia se dudaba.

Fueron meses de preparación, de gestiones y de esperas: ni las escuelas, cuyas direcciones cambiaban, ni en la Sociedad Maraury en constantes reparaciones; ni en la Casa Parroquial; ni en el garaje de la Iglesia donde en 1953 activamos un centro cultural y expositivo; nada, en ningún sitio. Tal como le decía a mi compadre Fidel Eduardo Villanueva conversando en su negocio “¿Y por qué no lo haces aquí? Se ponen las mesas en una hilera en el centro, se cuelgan los cuadros, la gente que camine alrededor y al que quiera tomar algo, también se le sirve!” Me levanté, miré la sala con sus tres ventanas abiertas hacia El Ávila y la otra dirección al trasero de la Iglesia y, sin pensarlo dos veces, le tomé la palabra.

Lista como estaba la selección de obras, listo el texto de presentación que redacté de inmediato, Pablo Livinalli Santaella -convertido años más tarde en el pintor Apolinar- asumió el costo del catálogo, un modesto pliego de papel verde en octavo e impreso en sus cuatro caras, mientras Fidel -como dueño de la casa y anfitrión del cuento- ordenó la impresión de una tarjeta de sencilla elegancia y Francisco Rodríguez Rivas -futuro cronista gráfico del pueblo de su infancia- asumió para sí la atención del vestuario para el “debut” del pintor, quien al saludo de Carlos Dorantes de “El Nacional” respondió con clara e inteligible voz: “¡Bárbaro Rivas, para servir a Dios y a usted!”

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